Colaboradores

24 junio 2005

Tormenta

Anoche salía del trabajo y, en el mismo instante que pisaba la calle, un relámpago estalló en el cielo frente a mí, cruzándolo de lado a lado y dejando un surco negro en mi retina. Un poco más a la izquierda la Luna estaba increíble: grande como un balón de baloncesto, suspendida justo sobre el horizonte, teñida de naranja por las luces de Madrid y, aunque empezaba a menguar, todavía estaba bastante redonda. Era un espectáculo alucinante y, como todos los espectáculos alucinantes también fue breve.

De repente el cielo se convirtió en una masa negra, plana y uniforme sólo rota por los relámpagos. Los había de todos los tipos: como raíces que buscan la tierra y como cuchillos que intentan cortar el terciopelo negro del cielo; finos y ramificados o gruesos y de un solo trazo; lejanos e inmediatos...

Parecía que (una vez más) se iba a quedar en tomenta eléctrica, pero mis deseos se vieron colmados. Una manta de agua como hacía mucho que no veía se extendió por el sur de Madrid. En cuestión de minutos, las calles estaban pobladas por las burbujas de la lluvia en los charcos. Las luces (farolas, coches, neones...) aparecían cortadas por gotas que caían oblicuas en una sucesión infinita.

Finalmente dejó de llover. Del suelo se levantó el característico olor de la tierra mojada. El espectáculo natural había terminado con la misma rapidez con la que había empezado.

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