Colaboradores

10 agosto 2005

Silencio

En el silencio de una noche veraniega (no diré en la quietud nocturna, que es lo que se suele decir en estas ocasiones), con el calor agobiante que hace presagiar una tormenta, con la habitación invadida por la luz naranja de las farolas, la persiana subida en una esperanza absurda de que entre algo de aire fresco (aunque sólo sea una bocanada) y dando vueltas en la cama buscando una postura que sabes que no vas a encontrar, de repente, un coche.

Su llegada se siente más que se sabe por un ligero zumbido, como el romper de una ola lejana. En la cabeza se forma la idea de un coche (no un coche concreto, sino su concepto, como el dibujo que podría hacer un niño), las luces encendidas anunciando su presencia, dos heraldos tras el heraldo del sonido.

La imagen se acerca más y más rápido, el romper de la ola se convierte en retumbar y llena mi cuarto con un sonido amortiguado por la distancia y que, tan rápido como llegó, se va. El aire caliente se reposa y el silencio vuelve a ocupar la habitación lentamente, como el agua que se alisa en un vaso.

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