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02 septiembre 2005

Ceguera

Había una vez un hombre ciego que casó con la muchacha más hermosa del lugar.

Siempre había soñado con que la mujer más bella de los alrededores se casara con él y solía decir que se sentiría el hombre más feliz de la tierra, tanto que no le importaría perder dos veces su vista por su ardiente deseo.

Quizás algún hada con sentido del humor le escuchara y quiso enseñarle una lección a este humano y, quizás, tejiera con los hilos del destino la realización de ese sueño.

El hombre ciego conoció a una muchacha que olía a albahaca y que su voz era tan melodiosa como el susurro del aire entre los árboles, tan hermosa por dentro que el ciego olvidó su sueño, pues para él siempre sería la más linda mujer que conocería.

Consiguió a la muchacha y, cuando preguntaba a sus allegados por su hermosura, todos comentaban las grandes cualidades que poseía.

Al principio se sintió henchido de orgullo, de satisfacción, de alegría, pero pasaron los días y el hombre ciego pensaba y pensaba, cada vez mas a menudo, cada vez mas triste, que, quizás, todos le estuviesen mintiendo, que todos aquellos que le rodeaban, apenados por su desgracia, le estuvieran ocultando la verdad de la hermosura de su esposa.

La idea creció en su mente y cada vez tomaba mas fuerza, como un torbellino de aire en un campo de trigo, cada vez más deprisa, siempre la misma duda, vueltas y mas vueltas.

El hada se divertía mirando la angustia con la que se castigaba a si mismo ese humano pero miraba con tristeza a la muchacha que, cada vez mas apenada por el comportamiento tan extraño de su esposo, día a día iba perdiendo la luz de sus ojos.

El hada prendió su aliento en las pestañas del hombre ciego mientras dormía y, al despertar, pudo volver a ver los colores y las formas de todo lo que le rodeaba.

Vio a la muchacha y comprobó que era la mujer mas bella que jamás había visto y se sintió tan dichoso que una ola de alegría oscureció sus ojos de nuevo.

El hombre ciego se sintió morir, de nuevo estaba solo en la oscuridad, pero, al menos, ya sí sabía que su esposa era la mujer más bella del mundo, por dentro y por fuera.

Con el pasar de los días el hombre ciego volvió al tormento de las ideas injustificadas y el reconocer que tenía a su lado a aquella hermosura fue el pretexto para que los celos empezaran a morder su estomago y sentía una punzada cuando oía reír a la muchacha, cuando la oía conversar con otra persona e, incluso, cuando no la sentía cerca de él.

La angustia fue tan honda que rozaba la locura y el hombre ciego y loco hacía daño a la muchacha sin necesitar excusas para hacerlo, sólo el golpearla calmaba aquel parásito que tenía alojado en su vientre.

El día que la muchacha huyó de la casa fue el día que el gusano subió hasta su mente y, cuando descubrió la escapada, contrató a un matón para que la buscara y la trajera de nuevo hasta él. Cuando la tuvo frente a frente, le tiró ácido a la cara, para que jamás nadie volviera a mirarla.

Aquel hada con sentido del humor lloró sus lagrimas sobre los ojos de aquel miserable, que recuperó su vista en el momento en que la piel de la hermosa muchacha se deshacía bajo la terrible acción del ácido y pudo ver los jirones de carne descolgándose del hueso, y pudo ver sus lindos cabellos cayendo al suelo sin la sujeción que siempre tuvieron y todo ello dejó su mente bradipsíquica para el resto de su penosa existencia de asesino.

Dos veces perdería la vista por tener la hermosura solo para él porque, aunque el hada le devolvió su sentido para que contemplara su terrible acto, sus ojos ya no miraron nunca mas nada, que solo verían, todos los días de su vida, la terrible escena una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

2 comentarios:

Manuel Rivas dijo...

Es una buena historia. Muchas veces estamos ciegos y no apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos o hasta que los demás quieren tener lo mismo que nosotos. Somos egoístas y eso nos hace ciegos.

diarioefimero dijo...

agradezco ese comentario, es la vertiente por la que circulaba la historia, ceguera como egoismo, como inseguridad, como autoengaño
ceguera, al fin y al cabo