Colaboradores

18 febrero 2011

LA CIUDAD

Erase una vez un hombre que vivia fuera de los muros de la ciudad. Si habia cometido algun crimen, si pagaba culpas de antepasados, o si solo por indiferencia o por vergüenza se habia retirado, eso es algo que no se sabe. Tal vez hubiera un poco de todo eso. Quiza hubiera un poco de todo, pues de lo feo y de lo hermoso, de la verdad y de la mentira, de lo que se confiesa y de lo que se esconde, construimos todos nuestra azarosa existencia. Vivía el hombre fuera de los muros de la ciudad, y de esa segregación, deliberada o impuesta, acabó por hacer un pequeño titulo de gloria. Pero no podia evitar (realmente, no lo podía) que en sus ojos flotara esa niebla melancolica que envuelve todo lo desterrado.
Intentó algunas veces entrar en la ciudad. Lo hizo, no por un deseo irreprimible, ni siquiera por cansancio de su situación, sino por mero instinto de cambio o desasosiego inconsciente. Eligió simpre las puertas erradas, si puertas habia. Y sí llegó a creer que habia entrado en la ciudad, y quizá si, era como si junto a la ciudad real hubiera imágenes de ella, inconsistentes como la sombra que en sus ojos se iba haciendo cada vez mas densa. Y cuando esas imágenes se desvanecian, como la niebla que de las aguas se desprende al roce luminoso del sol, era el desierto lo que le rodeaba, y, a lo lejos, blancos y altos, con arboles plantados en las torres, y con jardines suspendidos en los miradores, los muros de la ciudad brillaban de nuevo inaccesibles.
De alla dentro llegaban rumores de fiesta. Asi se lo decia, más que los sentidos, la imaginacion. Rumores de vida serían, al menos. No la muerte solitaria que es la contemplación obstinada de la propia sombra. No la desesperación sorda de la palabra definitiva que se escapa en el momento en que sería, más que una palabra, una llave.
Y entonces el hombre bordeaba las largas murallas, tanteando, en busca de la puerta que, oscuramente, podría estarle prometida.
Porque el hombre creía en la predestinación. Estar fuera de la ciudad (si eso tenía real consistencia) era para él una situación accidental y provisoria. Un dia, en el dia exacto, no antes ni despues, entraría en la ciudad. Mejor dicho: entraria en cualquier parte, que a eso se resumia su esperar. Que la niebla de la melancolia se hiciera noche seria un mal necesario, pero tambien provisional, porque el dia predestinado traeria una explicacion: o quiza ni eso siquiera. Un final, un simple final. Una abdicacion sería ya suficiente.
El hombre no sabía que las ciudades que se rodean de altos muros (aunque sean blandos y con arboles) no se toman sin lucha. No sabía el hombre que antes de la batalla por la conquista de la ciudad tendría que trabar otra batalla y vencer en ella. Y que en esta primera lucha tendría que luchar consigo mismo. Nadie sabe de sí antes de la acción en la que tendrá que empeñarse todo él. No conocemos la fuerza del mar hasta que el mar no se mueve. No conocemos el amor antes del amor.
Llegó la batalla. Como en los poemas de Homero, tambien los dioses entraron en ella. Combatieron a favor y en contra, y algunas veces unos contra otros. El hombre que luchaba por vivir dentro de los muros de la ciudad cruzó espada y palabras con los dioses que estaban a su lado. Hirió y fue herido. Y la lucha duró largos, largos y largos dias, semanas, meses, sin treguas ni reposo, unas veces junto a las murallas, otras tan lejos de ellas que ni la ciudad veía ni se sabía bien qué premio encontraría al final del combate. Fue otra forma de desesperación.
Hasta que, un dia, el campo de batalla quedó libre y despejado como un estuario donde las aguas descansan. Sangrando, el hombre y el dios que habia permanecido junto a él miraron de frente aquellas puertas abiertas de par en par. Había un gran silencio en la ciudad. Amedrentado aún, el hombre avanzó. A su lado, el dios. Entraron - y solo despues de haber entrado quedó habitada la ciudad.
Erase una vez un hombre que vivia fuera de los muros de la ciudad. Y la ciudad era él mismo.
Ciudad de José, si un nombre queremos darle
".
José Saramago
De este mundo y del otro
Maravillosa persona, magnifico autor
solo quiero compartir este pequeño cuento con la gente que quiera leerlo,
como una ofrenda de gratitud a su obra

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