Nadie puede apreciar la belleza de la luz como alguien del brumoso norte. Un gallego, un inglés, un holandés... tenemos la fortuna de poder ver la luz filtrada por un velo de nubes o los rayos de sol después de una tormenta o los destellos de las hojas húmedas con gotas de niebla. Los miles de matices del verde, las sombras teñidas por el verde húmedo de las copas de los árboles.
Nadie puede apreciar la belleza de la lluvia como alguien del húmedo norte. Un vasco, un francés, un belga... tenemos la fortuna de poder ver el cielo azul limpio y virginal, los campos brillantes, los ríos plenos. La música de las gotas al caer de los árboles, como las lágrimas de un viejo dios; los caminos convertidos en improvisados cauces, cortos como la vida.
Nadie puede apreciar la belleza del mar como alguien del agitado norte. Un cántabro, un irlandés, un escocés... tenemos la fortuna de poder ver al viejo océano vivo, liso como las playas que lame o afilado como los acantilados contra los que se bate, las variaciones de su color, desde el azul más puro al púrpura de las tormentas, la energía de sus mareas, la vida de sus fondos.
Solo una persona puede apreciar la belleza del norte como alguien del siempre misterioso norte. El emigrado que, cuando sabe que no va a poder volver a verlo antes de morir, calienta lo más hondo de su mente con estas imágenes.
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