De vez en cuando me da por meditar. Como hoy, por ejemplo. A veces (¡qué egocéntrico!) lo hago sobre mí mismo. Y es entonces cuando me doy cuenta de que no soy más que un tío normal y corriente, aunque un poco más alto que la media. No soy especialmente guapo o feo; mis ojos y mi pelo son castaños como el de millones de personas; no destaco por ninguna habilidad en concreto; no sé más de lo que me gusta que cualquiera que prestase un poco de atención; tengo la suerte de no ser un oráculo y de equivocarme más de lo que acierto, así puedo aprender continuamente; "por lo demás ni más/larga ni corta que cualquiera", como dice una canción de Sabina... Vamos, que soy un tío del montón.
Y, sin embargo, continuamente me siento una persona especial y feliz: me siento querido por la mayoría de los que me rodean; en muchos casos soy "el libro de cabecera" de mis amigos; todos me respetan por ser como soy, salvo por el capullo de mi jefe (al que evidentemente me cuesta mucho respetar); siempre he podido hacer lo que quería en cada momento, porque, en última instancia, siempre tuve un punto de conciencia que nunca dejará de asombrarme...
Además, y ya que estamos en plan sinceros, creo que la suerte siempre estuvo de mi parte. Así que me callo y no voy a forzarla.
2 comentarios:
"siempre he podido hacer lo que me quería"
no entiendo esta frase y me he quedado con ganas de saber más de aquella suerte que mencionas
te reconozco en este autorretrato, me hizo sentir como si nos conocieramos desde hace mucho
"Siempre he podido hacer lo que me quería" quiere decir exactamente eso. Nunca quise nada que no pudiese hacer, así que siempre podía hacer lo que quería.
Lo de la suerte... es otra historia. No soy el típico tío que siempre tiene suerte y siempre gana, no. Tengo suerte en las cosas más cotidianas, como perder la cartera y encontrala tal cual la llevaba encima.
Publicar un comentario