Colaboradores

14 junio 2005

Giro

El viento me soplaba en la cara llenándolo todo de polvo y llevándose hasta la música de mi cabeza. El Sol ya estaba muy bajo frente a mí y me cegaba. La calle, en pendiente, tampoco ayudaba. Con la cabeza gacha, como un toro dispuesto a embestir, me esforcé en seguir subiendo y subiendo mientras el aire se enredaba en los auriculares y producía un sonido como el que produciría una caracola con interferencias (mezcla de un susurro que arrulla y de zumbido eléctrico que crispa). Parecía que cuanto más me esforzaba en seguir mi ascensión, más soplaba el viento, mayor era el ruido y más destellos me llegaban del Sol rebotado. Después de sentirme como Momo en el Callejón del Viento (¿se llamaba así?), sólo que sin hombres grises persiguiéndome, de repente todo volvió a la normalidad: ya no había aire, la sombra me cubría y la música había vuelto a mi cabeza. Y todo por dar una simple vuelta a una esquina.

No hay comentarios: