Me miró. Con la cabeza ladeada, apoyada en su mano. Los ojos verde-ambarinos se fijaron en los míos castaño-oscuros. Me gusta cómo me sonríe con la mirada, cautivándome casi sin proponérselo, me agita como una brisa la superficie de un lago: suavemente, como una caricia sutil.
Tenía un brillo especial en su mirada mezcla de hierba y miel, como la de una adolescente después de su primer beso. La forma almendada de sus ojos y las cejas perfectas le daban el aspecto de una diosa virgen de la antigüedad y la languidez de la mirada (el párpado medio caído) el de una estrella de cine clásico.
Parecía cansada pero feliz, como si hubiese echado el polvo de su vida. Pero no era por eso. Estaba cansada por una noche de malos sueños y feliz porque estaba conmigo. Simplemente por eso.
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