Colaboradores

12 junio 2005

Envidia

Envidio la sencillez de los libros de Paulo Coelho, la riqueza ligüística de las novelas de Umberto Eco, la sinceridad de los sentimientos y la belleza de la poesía medieval y de la de Rosalía de Castro, el sentido del humor de Cervantes y de Castelao, las imágenes y los retratos de Manuel Rivas, la frescura narrativa de Francisco Salgueiro. Y me siento continuamente frustrado al ser consciente de que cualquiera de ellos están en un nivel muy superior al que yo pueda llegar en todos los días de mi vida.

Pero es una frustración dulce. Y digo dulce porque me marca el camino continuamente, me ofrece modelos de referencia, faros en la niebla, que me permiten disfrutar tanto leyéndolos como tratando de emularlos; frustrante porque, como las ninfas de los bosques, puedes llegar a verlas, incluso a acercarte a ellas, pero nunca llegas ni a rozarlas con las yemas de los dedos; cuando crees que las tienes, desaparecen para tentarte desde detrás de un árbol.

Saber que por mucho que mejore siempre me quedaré a un paso (o a un kilómetro, ¡qué más da!) de llegar a ser un Mia Couto o un Bernardo Atxaga no deja de ser una forma de mantener los pies en el suelo y de tratar de hacer lo que me dijo mi padre que hiciese: trabajar mucho y, sobre todo, ser buena persona.

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