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21 junio 2005

un cuento sin mas

Había una vez una extraña dama que vivía en una calle llamada St James Street, en una linda mansión victoriana rodeada de un cuidado jardín. Sus salidas eran muy pocas, pero las veces que salía de casa gustaba vestir de una manera pobre, con ropas sencillas y viejas, lo que no concordaba con una supuesta posición social que le atribuyeron sus vecinos por el lugar donde vivía.

Los comentarios de aquella dama aumentaban lentamente, al paso de los bienpensantes residentes de aquella elitista calle. “Me han dicho que le han destrozado el corazón y por eso viste como una monja”, “Me dijeron que tiene el juicio perdido por la terrible muerte de su familia”

La dama debía pertenecer a una buena cuna e incluso los pedidos diarios que hacía al mercado hablaban de ella como persona acomodada, tanto como sus visitas, tan distinguidas como extravagantes, así como su jardín, cultivado con la legendaria técnica japonesa del ikebana.

En la noches de los viernes ofrecía recepciones y, aunque nunca fueron excesivas en numero de asistentes, sí lo eran en calidad de esos visitantes. Los paseantes de St James pudieron reconocer a las actrices de teatro del momento, a pintores, bailarines y cantantes y algunos de los mecenas considerados más generosos en el mundo de las bellas artes.

Los rumores crecían con el paso de los días, todo el mundo se preguntaba como podía vivir así esa mujer, rodeada de misterio y gentes del espectáculo. Llegaron comentarios, que dijeron que provenían de sus criados, que aseguraban que no tenía marido, pero en su cama se podía oler el olor de dos cuerpos en numerosas ocasiones, cuando pasaban a ordenar la habitación.

Aquel simple y malévolo comentario tomó cuerpo de acusación y al fin pudieron poner una palabra para definir aquel misterio que entretenía los paseos de sus vecinos. Una mujer que vivía sola, con amigos entrando y saliendo de su casa libremente y que, encima, se le veía completamente feliz, a pesar de no derrochar el tiempo mostrando sus privilegios por el paseo a lo largo de St James como lo hacían los demás. Una mujer y una palabra que la definía.

PROSTITUTA.

Fue juzgada por atentar contra la moral pública y al juicio no acudió ninguno de sus amigos por orden expresa y tajante de la acusada, contrariando los consejos de su defensor que le advirtió que podía ser mucho peor que la cárcel lo que llegaría a sufrir si no demostraba su inocencia.

Sola ante el estrado, ante una ridícula y abotargada cara de juez con una estúpida e inmaculada peluca, la dama solicitó defenderse ella misma, rechazando la ayuda del colegiado que eligieron para ella. ESCANDALO.

¡Donde iremos a parar!, decían los murmuradores, ¡una mujer que se cree libre y con poder para defenderse sola!

El divertido juez aceptó la propuesta y le otorgó la gracia dejando caer una sarcástica sonrisa entre sus dientes.

La dama tomó la palabra y manifestó que no tenia ninguna razón para justificarse, pues no había hecho nada malo. “No busco problemas, solo que no quiero seguir las reglas del juego. Soy mujer, si, pero también soy humano y tengo, per natura, las mismas inquietudes y deseos que cualquier hombre”.

El cada vez más congestionado juez le ordenó, para acallarla, que contestara a la pregunta de si era prostituta o no y la gran dama, para escándalo de todos, contestó:

“No señor, yo no soy puta, yo siempre lo hago gratis”.

No podría terminar este cuento porque, por muy fantástico que fuera, nunca esta mujer saldría libre de tan absurdo tribunal.

Este es mi mundo y contra él tengo que luchar.

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