Colaboradores

05 agosto 2008

Mi amado Heracles

Mi amado Heracles


Cuando los dioses me castigaron por mi felicidad, me enviaron un dolor parecido al que le infligieron a Prometeo por robarles el fuego - y su sabiduría añadida -. Solo que, en vez de que un águila me royera el hígado como aquél, un cuervo devoraba mi corazón y, al igual que al desdichado, mi tortura no tenía fin, porque se regeneraba constantemente, sin dar fin a mi dolor.

Así he vivido mucho tiempo, sin corazón, sólo con el eterno pico del ave negra sobre lo que antes era el nido donde dormían mis sueños, mis esperanzas, mi ilusión por amar.
Me acostumbré a vivir sin él y ya no notaba su falta cuando, en un cruce de caminos, me encontré a mi otro yo. Mi otro yo era alguien que parecía distinto a mí, pero nuestras almas y nuestros cuerpos se reconocieron al punto de verse. Eché de menos entonces el repiqueteo del ave negra bajo mi pecho, y percibía en su lugar un suave sonido, muy tenue, que procedía del sitio donde estaba antes aquel órgano dañado.

Pensé, entre mareas de besos, bosques de abrazos, ríos de fluidos que, quizás, el pájaro se hubiera marchado. Y una gran felicidad volvió a apoderarse de mí. Y con ella, el miedo. Miedo a esa felicidad que provocó el castigo de los dioses, miedo a que el pájaro negro volviera a comer aquello que apenas empezaba a brotar, miedo a que volviera el dolor.

Pero mi otro yo, mi Heracles salvador, me dio una pócima para vencer el miedo. Era un hombre sabio, que burlaba a los dioses con sus palabras mágicas y me enseñó a que el miedo sólo es una parte mas de nosotros mismos, una parte que si faltara, sería un hueco que reclamaría su lugar; me enseñó que los miedos solo sirven para pensar en ellos, inventarlos más terribles cuanto más solos nos sentimos. Pero que si no dejamos de culpar a los miedos de nuestra cobardía, nos quedaremos sin saborear las mieles que los dioses, tan malvados, tan bondadosos, ponen en el camino de los humanos para ponernos a prueba y sentirse orgullosos o avergonzados de nosotros, en un juego eterno donde sólo somos juguetes en sus manos.

Seguimos el camino juntos, y él me protegía contra todo con sus pócimas y sus palabras, y aprendíamos de lo que la diosa madre naturaleza nos enseñaba tan generosamente y nuestros cuerpos se convirtieron en libros donde escribíamos -ya con plumas, ya con hierbas olorosas- grandes textos de amor, conjuros contra la tristeza, recetas de brebajes que nos hacían volar hacia las tierras remotas del interior de cada uno de nosotros.
Y también leíamos en la piel. Y nos enseñábamos como olvidar el rencor acariciando o presionando en este o en este otro lugar, como dejar de sentir sed bebiendo de la boca del otro, como dejar de sentir hambre lamiendo la miel del fruto, como llegar a conseguir la paz cansados, retrasando lo mas posible, el final de los juegos.

Y caminando, llegamos a la civilización. Pensamos en rodearla, no queríamos vivir allí, pero fue ella la que nos rodeó y nos confinó en una casa, nos dio un trabajo, nos aprisionó con responsabilidades que nos gastaban la energía que utilizábamos antes, cuando caminábamos, en aprender y en amar.

Y sin decir nada, puesto que las palabras no eran para comunicarnos, sino para deleitarnos escuchando la voz del otro, sin decir nada, sin llevar nada, salimos un día al atardecer, con el viento de un verano fresco acariciando nuestros rostros, diciéndonos en su lenguaje de olores y sonidos, que huyéramos, que no volviéramos la vista atrás, que quedaba aun mucho por aprender, que cuando llegáramos al sitio donde deberíamos morir, lo sabríamos.

Y hemos llegado a ese sitio, pero no hemos muerto, porque aun tenemos cosas que hacer, porque aun no nos han encontrado los dioses. Y ese sitio es una pequeña isla, perdida entre una maraña de islas pequeñas y desiertas.
Y desde allí, y escrito sobre tu piel, te escribo esta carta de amor, para agradecerte que te cruzaras en mi camino, para agradecerte que me enseñes cosas cada dia, para agradecerte que existas y existas junto a mí.

Y cuando nos encuentren los dioses y, otra vez, celosos, castiguen nuestra unión, no podrán separarnos, porque somos uno, y no temeré que un ave vuelva a comer de mí, porque sé que mi capacidad de amar la tendré guardada en tí.
Y hasta cuando no existas, seguirás viviendo en mí, y escribiré en el viento nuestra historia para que ese viento lo lleve a muchos oídos, a muchas bocas, donde esas letras entrarán, percibiéndose como una brisa acariciante, y se adueñaran de los corazones de los humanos y de los dioses, haciéndoles entender que el amor no es un sentimiento que cause dolor, el dolor nos lo causamos nosotros mismos cuando el amor se ha ido sin decir nada y su hueco se rellena, sin darnos cuenta, de amargura.

No hay comentarios: