Dicen que una imagen vale más que mil palabras porque, de un vistazo, se puede captar todo lo que no se puede expresar únicamente con palabras. Pero que el mundo me perdone si yo prefiero las mil (o cien mil, o un millón de) palabras. Requieren más tiempo y más esfuerzo, más implicación por parte del receptor. A cambio te da más libertad para "ver" la situación, las connotaciones independientes de cada palabra se funden para sugerir un entorno (o un mundo, o una situación, o una sensación...) que varía en función del receptor de esos estímulos y que vamos contruyendo en nuestra cabeza a medida que vamos descifrando el contenido del texto.
La narración nos permite desarrollar la imaginación, algo que la imagen castra sin contemplaciones al darnos todo masticado, digerido y regurgitado. La imagen es lo que vemos y poco más. La palabra es muchas cosas: la suma de significado y significante, la melodía de sus letras y la imagen de lo que evoca, su contenido y la puesta en escena que supone una frase.
Frente a la ventaja de la inmediatez, la palabra tiene la de la evocación; frente a la plasmación de la realidad de una imagen, un texto puede recrearla convirtiéndola en algo más allá de la mera representación; si una imagen puede llegar al final de la fantasía, es porque la palabra le contó cómo llegar.
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