La luna llamaba desde arriba y con solo mirarnos mis dos compañeros de celda y yo decidimos escapar. Nos hacía falta algo de marcha.
Conseguimos escapar de la perrera en un descuido de los humanos y corrimos por el campo llano, buscando alguna bajante del camino o algún matojo alto que nos ocultara de las miradas.
El atardecer nos pilló en libertad y el cielo se tiñó de rojo, dando color a la llamada de la sangre que nos latía bajo el pelo.
Y con los colores violetas, rosas, azules, naranjas, añiles, bermejos, con la luna llena saliendo por el lado contrario, haciendo de espejo. El reflejo de los mil colores del atardecer, lo devolvía blanco la luna. Y ante nosotros, una llanura de trigo recién segado por las grandes maquinas.
Escuchábamos a lo lejos la llamada de los perros que aún son queridos (o quizás sólo son necesitados) por sus dueños, y ladraban preguntándonos aquello tan oído de “que hace una perra como tú en un sitio como éste” o aquello de “ven que te huela, prenda”. Mis compañeros contestaban las llamadas de la perras solitarias y en celo, pero yo no sabía aun con cual, de aquellos que me llamaban, quedarme.
La luna flotaba sobre un colchón de estrellas terrestres que parecían las luces de la ciudad y en el campo brillaba como un sol de perla, dejándonos ver las figuras de los que vivían tras una malla de metal, en un lindo jardín en donde tenían su propia cuadra, algunas de ellas hasta con un cojín.
Nos fuimos acercando y jugamos al ritual de olernos y mearnos, conocer si éramos compatibles y si ése era el mejor momento del celo para juntar nuestros cuerpos.
La sangre de lobo de mi padre, y en cierta manera su golferío, que no le bastaban las hembras de la manada, que hasta con la perra de mi madre se apareó, naciendo yo de ese momento, fugaz y salvaje, esa sangre que llevo es la que, en noches como esa, me hace buscar lo mismo que me hizo nacer.
Busqué entre todos aquellos olores el que pudiera callar la llamada de la luna en mi sangre, pero no encontré a ninguno que saltara la valla que lo separaba de mí.
Caminé y caminé entre casas de humanos con la luna cada vez más alta y encontré a un gran danés, viejo y cansado, pero conservando aun el talle esbelto de su raza y la agudeza de su instinto de cazador, que dormía en el umbral de una casa humana. Levantó su cabeza cuadrada para mirarme y volvió a apoyarla sobre sus patas.
Me acerqué temerosa de que no me dejara olerle el culo, pero ni siquiera se inmutó, siguió con su postura de hacerse el dormido. Ladré para pedirle que se apareara conmigo, pero levantó su cara y me susurró que me callara, su amo dormía y podría despertarse.
No entendía a aquel gran tipo, no se porqué le preocupaba tanto su amo, yo no había tenido ninguno, crecí en la finca donde mi madre me parió y solo veíamos a los humanos cuando nos traían las comidas a las cuadras y cuando nos sacaban a cazar con ellos y sus ruidosos palos que escupen fuego. Luego, sin saber la razón, nos llevaron a los menos fuertes a aquella perrera de donde me escapé.
Me senté a esperar a que se decidiera él, yo estaba en mi punto más álgido y aullaba calladamente, y entre olores y sonidos le mostraba mi necesidad. Pero me quedé dormida en cuanto mi cabeza se apoyó en mis patas delanteras. Solo fue un momento, o eso me pareció a mí, cuando una gran lengua me despertó lamiendo mi cara. Me avisaba que se acercaban humanos con motor, humanos que olían a perro, pero no eran amigos.
El gran danés me dirigió, corriendo delante de mí, hacia el pequeño bosque que había detrás de la casa, que hacía de la entrada a la montaña. La carrera hizo latir mas deprisa nuestra sangre y el gran macho se apareó conmigo de una forma contundente pero dulce al mismo tiempo y después de calmar mi celo me indicó que siguiera el cauce del río y que lo siquiera en el sentido contrario a la dirección del agua.
Miré hacia donde mi indicaba y olí a lo lejos a la gente de mi sangre. El gran danés permanecía tras de mí esperando mi partida y después de andar unos pasos, me volví a mirarlo.
Abrió su boca y sacó su larga lengua en señal de impaciencia, pero yo miraba hacia la libertad y hacia aquel bello macho, sin poder moverme, sin poder decidir entre uno y otro. Tenía que elegir entre la seguridad y el calor de alguien que no es como yo o la libertad y el misterio que se huele a lo lejos.
De pronto, una llamada procedente del horizonte. Ellos también me olían y aullaron una bienvenida. El gran danés lanzó una contestación que resonó a través de la llanura.
Es lo que me hizo decidir. Salí corriendo hacia el bosque y el gran danés aullaba lamentos tras de mí, preguntándome por qué.
Adiós, cariño, pienso en contestarle, pero me hace falta el aliento para correr.
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