Colaboradores

24 agosto 2008

Kundalini


"Ella tuvo ese conocimiento y con él pudo ver el aura, la fuerza que rodea al cuerpo humano. Pudo ver el aura de Adan, sus pensamientos e intenciones y Adan, siento tambien tentado por Eva, despertó su Kundalini y pudo ver a Eval tal cual era"

El cordon de plata, de Lobsan Rampa (1961)

"Cuando en el ser humano despierta el Kundalini, cuando la serpiente de fuego comienza a vivir, las moleculas del cuerpo se dirigen todas en una sola direccion, porque cuando la fuerza del Kundalini se despierta ha logrado este efecto. Entoces el cuerpo humano comienza a vibrar de vida y salud, se hace poderoso en el conocimiento, puede verlo todo"

preciosa novela donde he aprendido algunas cosas

"El sexo puede despertar el Kundalini que permanece dormido en la mayoria de la gente en la base de la espina dorsal" "Los viejos sacerdotes sabian que bajo ciertas condiciones el aura puede verse, sabian que el Kundalini podia despertarse por el sexo" "Cuando se cambie toda la falsa modestia y todas las falsas enseñanzas sobre el sexo, el Hombre llegara una vez mas a su verdadero ser, una vez mas podra el Hombre retomar su lugar como viajero astral"

filosofia tibetana, verdades que te hacen ver las cosas como nunca antes las habia mirado

"Hay una sola Ley para los hombres y para los dioses: Todo es perecedero"

14 agosto 2008

pareja de dos


a veces descubro fotos que hablan por si solas
esta es una de ellas
dime que no importa el pasado, dime que no existe el futuro, dime que solo existe y existira este momento
un sentimiento que se puede observar, una sensacion que se imagina, algo que te hace desear vivir ese momento como ellos lo vivieron

05 agosto 2008

la otra mujer del cuadro


Tenía la venda en los ojos y tú la subiste a mi frente para que el sudor de la soledad no irritara mis ojos.
Estaba encerrada en un mundo que habían pintado para mí, prisionera entre cuatro listas de madera barnizada, cuando apareciste frente al cuadro.

Me miraste detenidamente, fijando en tu fantasía cada pliegue de mi cuerpo, la laxitud de mis miembros, el vuelo de mi pelo sobre la cama. No miraste mis ojos, aquellos que al principio te observaban desde mi cárcel con curiosidad pero que después te miraron con fuego.

Y cuando quisiste hacer como que me tocabas, mi cuerpo retomó volumen para sentir tu tacto. Pero no llegaste a hacerlo. No lo suficiente.
Y ahora sé que vive en tu recuerdo lo hermoso que fue, que pudo haber sido, si, en vez de alargar la mano, hubieras entrado en el cuadro.

Como Alicia en las ciudades de las maravillas, un gran conejo blanco te hubiera llevado al infierno.

Mi amado Heracles

Mi amado Heracles


Cuando los dioses me castigaron por mi felicidad, me enviaron un dolor parecido al que le infligieron a Prometeo por robarles el fuego - y su sabiduría añadida -. Solo que, en vez de que un águila me royera el hígado como aquél, un cuervo devoraba mi corazón y, al igual que al desdichado, mi tortura no tenía fin, porque se regeneraba constantemente, sin dar fin a mi dolor.

Así he vivido mucho tiempo, sin corazón, sólo con el eterno pico del ave negra sobre lo que antes era el nido donde dormían mis sueños, mis esperanzas, mi ilusión por amar.
Me acostumbré a vivir sin él y ya no notaba su falta cuando, en un cruce de caminos, me encontré a mi otro yo. Mi otro yo era alguien que parecía distinto a mí, pero nuestras almas y nuestros cuerpos se reconocieron al punto de verse. Eché de menos entonces el repiqueteo del ave negra bajo mi pecho, y percibía en su lugar un suave sonido, muy tenue, que procedía del sitio donde estaba antes aquel órgano dañado.

Pensé, entre mareas de besos, bosques de abrazos, ríos de fluidos que, quizás, el pájaro se hubiera marchado. Y una gran felicidad volvió a apoderarse de mí. Y con ella, el miedo. Miedo a esa felicidad que provocó el castigo de los dioses, miedo a que el pájaro negro volviera a comer aquello que apenas empezaba a brotar, miedo a que volviera el dolor.

Pero mi otro yo, mi Heracles salvador, me dio una pócima para vencer el miedo. Era un hombre sabio, que burlaba a los dioses con sus palabras mágicas y me enseñó a que el miedo sólo es una parte mas de nosotros mismos, una parte que si faltara, sería un hueco que reclamaría su lugar; me enseñó que los miedos solo sirven para pensar en ellos, inventarlos más terribles cuanto más solos nos sentimos. Pero que si no dejamos de culpar a los miedos de nuestra cobardía, nos quedaremos sin saborear las mieles que los dioses, tan malvados, tan bondadosos, ponen en el camino de los humanos para ponernos a prueba y sentirse orgullosos o avergonzados de nosotros, en un juego eterno donde sólo somos juguetes en sus manos.

Seguimos el camino juntos, y él me protegía contra todo con sus pócimas y sus palabras, y aprendíamos de lo que la diosa madre naturaleza nos enseñaba tan generosamente y nuestros cuerpos se convirtieron en libros donde escribíamos -ya con plumas, ya con hierbas olorosas- grandes textos de amor, conjuros contra la tristeza, recetas de brebajes que nos hacían volar hacia las tierras remotas del interior de cada uno de nosotros.
Y también leíamos en la piel. Y nos enseñábamos como olvidar el rencor acariciando o presionando en este o en este otro lugar, como dejar de sentir sed bebiendo de la boca del otro, como dejar de sentir hambre lamiendo la miel del fruto, como llegar a conseguir la paz cansados, retrasando lo mas posible, el final de los juegos.

Y caminando, llegamos a la civilización. Pensamos en rodearla, no queríamos vivir allí, pero fue ella la que nos rodeó y nos confinó en una casa, nos dio un trabajo, nos aprisionó con responsabilidades que nos gastaban la energía que utilizábamos antes, cuando caminábamos, en aprender y en amar.

Y sin decir nada, puesto que las palabras no eran para comunicarnos, sino para deleitarnos escuchando la voz del otro, sin decir nada, sin llevar nada, salimos un día al atardecer, con el viento de un verano fresco acariciando nuestros rostros, diciéndonos en su lenguaje de olores y sonidos, que huyéramos, que no volviéramos la vista atrás, que quedaba aun mucho por aprender, que cuando llegáramos al sitio donde deberíamos morir, lo sabríamos.

Y hemos llegado a ese sitio, pero no hemos muerto, porque aun tenemos cosas que hacer, porque aun no nos han encontrado los dioses. Y ese sitio es una pequeña isla, perdida entre una maraña de islas pequeñas y desiertas.
Y desde allí, y escrito sobre tu piel, te escribo esta carta de amor, para agradecerte que te cruzaras en mi camino, para agradecerte que me enseñes cosas cada dia, para agradecerte que existas y existas junto a mí.

Y cuando nos encuentren los dioses y, otra vez, celosos, castiguen nuestra unión, no podrán separarnos, porque somos uno, y no temeré que un ave vuelva a comer de mí, porque sé que mi capacidad de amar la tendré guardada en tí.
Y hasta cuando no existas, seguirás viviendo en mí, y escribiré en el viento nuestra historia para que ese viento lo lleve a muchos oídos, a muchas bocas, donde esas letras entrarán, percibiéndose como una brisa acariciante, y se adueñaran de los corazones de los humanos y de los dioses, haciéndoles entender que el amor no es un sentimiento que cause dolor, el dolor nos lo causamos nosotros mismos cuando el amor se ha ido sin decir nada y su hueco se rellena, sin darnos cuenta, de amargura.

La luna por Jaime Sabines



La luna se puede tomar a cucharadas o como una capsula cada dos horas.

Es buena como hipnotico y sedante y tambien alivia a los que se han intoxicado de filosofia.

Un pedazo de luna en el bolsillo es mejor amuleto que la pata de conejo: sirve para encontrar a quien se ama, para ser rico sin que lo sepa nadie y para alejar a los medicos y las clinicas.

Se puede dar de postre a los niños cuando no se han dormido, y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos ayudan a bien morir.

Pon una hoja de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver.

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna para cuando te ahogues,

y dale la llave de la luna a los presos y a los desencantados.

Para los condenados a muerte y para los condenados a vida no hay mejor estimulante que la luna en dosis precisas y controladas.

Käly

Si supieras, oh Krisna, como suspiraba Kaly, esposa de Siva, tu hermana, por tí.
¡Cómo miraba tus juegos con Rädha, tu favorita!. ¡Cómo deseaba entonces, ejercer las leyes de Kama contigo!.
Sus ojos seguían vuestros movimientos, sus manos sentían vuestras caricias.
Y cómo el hecho de ser parte del mismo negro que definían vuestros nombres, no era motivo de desaliento a sus deseos desbocados.
Se sentía sola, no quería jugar con nadie. Solo deseaba aquello que ya gozaba otra.
Sus continuos disfraces de Durga, de Sakti, de Parvati, no conseguían engañarte y, cada vez mas, su amargura la acercaba al terrible aspecto de Devu, la gran diosa.
Oh, Krisna, nunca sabrás como ella se acercaba cuando dormías para oler tus cabellos con olor a arboles, como se estremecía al oir, desde lejos, el sonido de tu música, como su adoración por tí, se convirtió en locura.

el olor a libertad

La luna llamaba desde arriba y con solo mirarnos mis dos compañeros de celda y yo decidimos escapar. Nos hacía falta algo de marcha.
Conseguimos escapar de la perrera en un descuido de los humanos y corrimos por el campo llano, buscando alguna bajante del camino o algún matojo alto que nos ocultara de las miradas.
El atardecer nos pilló en libertad y el cielo se tiñó de rojo, dando color a la llamada de la sangre que nos latía bajo el pelo.
Y con los colores violetas, rosas, azules, naranjas, añiles, bermejos, con la luna llena saliendo por el lado contrario, haciendo de espejo. El reflejo de los mil colores del atardecer, lo devolvía blanco la luna. Y ante nosotros, una llanura de trigo recién segado por las grandes maquinas.
Escuchábamos a lo lejos la llamada de los perros que aún son queridos (o quizás sólo son necesitados) por sus dueños, y ladraban preguntándonos aquello tan oído de “que hace una perra como tú en un sitio como éste” o aquello de “ven que te huela, prenda”. Mis compañeros contestaban las llamadas de la perras solitarias y en celo, pero yo no sabía aun con cual, de aquellos que me llamaban, quedarme.
La luna flotaba sobre un colchón de estrellas terrestres que parecían las luces de la ciudad y en el campo brillaba como un sol de perla, dejándonos ver las figuras de los que vivían tras una malla de metal, en un lindo jardín en donde tenían su propia cuadra, algunas de ellas hasta con un cojín.
Nos fuimos acercando y jugamos al ritual de olernos y mearnos, conocer si éramos compatibles y si ése era el mejor momento del celo para juntar nuestros cuerpos.
La sangre de lobo de mi padre, y en cierta manera su golferío, que no le bastaban las hembras de la manada, que hasta con la perra de mi madre se apareó, naciendo yo de ese momento, fugaz y salvaje, esa sangre que llevo es la que, en noches como esa, me hace buscar lo mismo que me hizo nacer.
Busqué entre todos aquellos olores el que pudiera callar la llamada de la luna en mi sangre, pero no encontré a ninguno que saltara la valla que lo separaba de mí.
Caminé y caminé entre casas de humanos con la luna cada vez más alta y encontré a un gran danés, viejo y cansado, pero conservando aun el talle esbelto de su raza y la agudeza de su instinto de cazador, que dormía en el umbral de una casa humana. Levantó su cabeza cuadrada para mirarme y volvió a apoyarla sobre sus patas.
Me acerqué temerosa de que no me dejara olerle el culo, pero ni siquiera se inmutó, siguió con su postura de hacerse el dormido. Ladré para pedirle que se apareara conmigo, pero levantó su cara y me susurró que me callara, su amo dormía y podría despertarse.
No entendía a aquel gran tipo, no se porqué le preocupaba tanto su amo, yo no había tenido ninguno, crecí en la finca donde mi madre me parió y solo veíamos a los humanos cuando nos traían las comidas a las cuadras y cuando nos sacaban a cazar con ellos y sus ruidosos palos que escupen fuego. Luego, sin saber la razón, nos llevaron a los menos fuertes a aquella perrera de donde me escapé.
Me senté a esperar a que se decidiera él, yo estaba en mi punto más álgido y aullaba calladamente, y entre olores y sonidos le mostraba mi necesidad. Pero me quedé dormida en cuanto mi cabeza se apoyó en mis patas delanteras. Solo fue un momento, o eso me pareció a mí, cuando una gran lengua me despertó lamiendo mi cara. Me avisaba que se acercaban humanos con motor, humanos que olían a perro, pero no eran amigos.
El gran danés me dirigió, corriendo delante de mí, hacia el pequeño bosque que había detrás de la casa, que hacía de la entrada a la montaña. La carrera hizo latir mas deprisa nuestra sangre y el gran macho se apareó conmigo de una forma contundente pero dulce al mismo tiempo y después de calmar mi celo me indicó que siguiera el cauce del río y que lo siquiera en el sentido contrario a la dirección del agua.
Miré hacia donde mi indicaba y olí a lo lejos a la gente de mi sangre. El gran danés permanecía tras de mí esperando mi partida y después de andar unos pasos, me volví a mirarlo.
Abrió su boca y sacó su larga lengua en señal de impaciencia, pero yo miraba hacia la libertad y hacia aquel bello macho, sin poder moverme, sin poder decidir entre uno y otro. Tenía que elegir entre la seguridad y el calor de alguien que no es como yo o la libertad y el misterio que se huele a lo lejos.
De pronto, una llamada procedente del horizonte. Ellos también me olían y aullaron una bienvenida. El gran danés lanzó una contestación que resonó a través de la llanura.
Es lo que me hizo decidir. Salí corriendo hacia el bosque y el gran danés aullaba lamentos tras de mí, preguntándome por qué.
Adiós, cariño, pienso en contestarle, pero me hace falta el aliento para correr.

el espejo velado

El espejo velado
Yasir era un niño como otro de aquellos niños que vemos en las noticias con moscas en la boca. Su mamá murió de sida y a su papá nunca llegó a conocer porque una incursión en su aldea, Yasir nunca supo de qué lado de la guerra, dejó a tu padre tirado en una fosa común.
Yasir se crió con tu tía, madre de cinco niños mas pequeños que él. Su tía era paralitica después del ultimo parto y solo podía darles de comer cuando un camión blanco con dos grandes letras azules aparecía por aquella aldea olvidada.
Muchos años pasaron con el único objetivo en el día de comer algo antes de ir al rincón del suelo destinado como la cama para Yasir, soñando por las noches con su madre, creyendo que aun cuidaba de él.
Nunca conoció nada mas que esta vida. Cierto que también estaban los juegos con sus hermanos, pero se pasaba el día entre la hambruna y los cuidados a los otros niños de la familia.
Un día en que el joven Yasir ya no era tan niño vio llegar a la aldea un camión con muchos hombres en la parte de atrás. Preguntó donde iban y todos, con una gran sonrisa, contestaron que iban a Europa, allí donde se come todos los días y donde todo el mundo tiene una cama para uno solo. Las palabras de aquellos extraños que hablaban su idioma resonaron en la cabeza de Yasir durante muchas lunas y cuando, en el horizonte vio acercarse la nube de polvo que traía tras de sí otro camión con hombres en la parte de atrás, Yasir dio un beso a los niños y a su tia y corrió hasta alcanzar a aquel camión.
Tras largas horas de viaje, sin agua y sin comida, llegaron a un gran puerto de mar donde decenas de personas como él, con aire hambriento y desfallecido, buscaban un sitio en cualquier embarcación. “Europa, donde se come todos los días, donde todo el mundo tiene una cama,...” y más cosas que contaban sus compañeros de viaje con una luz de esperanza en sus ojos, era el destino de toda aquella gente.
Yasir tuvo que robar para comer, pero un día robó algo más, un papel que le identificaba por un nombre desconocido, él no aprendió nunca a leer, no llegó a tiempo para ir a la escuela, pero sabía que aquel nombre le abriría las puertas de Europa.
El azar intervino con su mas terrible garra cuando proporcionó a Yasir una plaza en una barca demasiado pequeña para todos los que subieron a bordo, que minimizaban el espacio para que cupiera mas gente, una lancha demasiado pequeña para sus ocupantes y demasiado frágil para el océano.
La barca de Caronte podría ser aquella, con todos sus pasajeros callados y con miedo en la mirada, miedo que se transformó en terror cuando una gran ola surgida de lo mas profundo del mar, con la luz de la luna encendiendo su espuma, llegó como ala que libera, como fin del viaje a todos los ocupantes de la barcaza.
Yasir bajó con la ola a lo mas profundo, pudo ver los cuerpos de sus vecinos de viaje, pero él bajaba y bajaba arrastrado por la corriente.
Yasir nació y vivió como un niño mas, anónimo para todos y murió sin dejar rastro de su cuerpo; morir por una mentira,”por comer todos los días, por una cama para cada uno”.
Yasir mirándose al espejo velado por un tul que no deja ver la realidad.
El sueño de ser Una Persona.

dehiscencia

DEHISCENCIA

Acción por la que un órgano vegetal o una estructura fisiológica se abre de forma espontanea.
La bolsa protectora donde me hallaba acunado, como si de útero materno se tratara, donde me protegía contra lo bueno que no es tan bueno y lo malo que es muy malo, donde los reproches, las mentiras, la hipocresía de la gente que me rodea no llegaba para herirme, un día, aquella membrana eclosionó. Sin darme cuenta, se abrieron grietas por donde salían chorros de autoestima sudada a base de soledad. Las grietas se fueron haciendo cada vez más grandes y me quedé desprotegido.

DEHISCENCIA
En término medico, acción por la que algo que ha sido cerrado de forma artificial, se abre.
Mis sentimientos, cerrados desde hacia tiempo, salieron sin control, abriendo la herida cerrada a base de horas, miles de horas. Me encontré solo, desnudo, privado del calor materno que me proporcionaba mi membrana, con mis deseos desbocados, sintiendo de nuevo, la necesidad, la sed, en mi boca y en mi sexo.

DEHISCENCIA
Es causada por la sequedad, actuando sobre la pared externa que se encoge, provocando una fuerte tensión en los bordes de la misma.
Mi boca reseca bebió del agridulce licor de los recuerdos, y con la mente embriagada, el calor afloró desde dentro de mi cuerpo. Los recuerdos tomaron el mando de mi voluntad y mis manos pasearon por mi cuerpo obedeciendo sus ordenes.

DEHISCENCIA
A veces, se acompaña de una torsión en espiral de las dos valvas que resultan de la dehiscencia.
Mi cuerpo se retorcía evocando aquellos recuerdos, aquel tiempo en que ella estaba aquí, cuando me miraba sus ojos entornados y me llenaba la habitación de palabras y música, palabras mágicas que acariciaban, música especial que excitaba. Y su voz......., su voz que envolvía.

DEHISCENCIA
La fuerza mecánica liberada, proyecta, a veces, las semillas a distancia.
Llegó un orgasmo eléctrico, extenuante y mi semen voló sobre sus cabezas. Estaba allí, solo y desnudo frente a ellos, pero con la sonrisa que se queda tatuada en los labios después de algo así. Ninguna membrana me protegía, y estaba al alcance de ellos. Pero tenia aquella sonrisa, que me ayudaría a seguir, como escudo detrás del que protegerme

DEHISCENCIA
Mierda con la dehiscencia (se esta mejor dentro)

carlos fuentes

Cuanto más hago la revolución, más ganas tengo de hacer el amor;
cuanto más hago el amor, más ganas tengo de hacer la revolución.

Marx: Mejor un fin espantoso que un espanto sin fin, es el testamento policiaco de toda
clase agonizante.

Y estos jóvenes dicen que la abundancia no basta, que se trata de una abundancia mentirosa. Primero, porque pretende compensar con la variedad y cantidad de los bienes de consumo la
uniformidad y la paucidad de los contenidos reales de la vida: comunicación, amor,
cultura, dignidad personal y colectiva, sentido de la cualidad del trabajo, sentido de
autonomía crítica de los individuos y de las organizaciones, relaciones concretas y
decisivas entre cada hombre y lo que hace, dice, rechaza o escoge.
Carlos Fuentes, escritor, de su ultimo libro, el 68